viernes, 13 de julio de 2018

La necesidad tiene cara de hereje



Cuando estuve en Villa La Angostura me alojé en un hotel paquetísimo pero bastante alejado de la ciudad.
Estaba en un lugar incomparable, al lado de un arroyo y en medio de una vegetación frondosa, donde sólo se oía el canto de los pájaros (lo que por la noche se tornaba algo tenebroso, más aún cuando sólo una puerta ventana corrediza de vidrio estaba entre el bosque y yo, pero eso es harina de otro costal)
El tema era que no había absolutamente nada cerca y para movilizarse sólo disponía de un colectivito que -si bien tenía un horario- pasaba cuando se le antojaba.
Un día que fui al centro pensé en comprar bebida y comida para la noche, ya que tenía que regresar temprano (antes que se cortara el servicio de transporte... bah, en realidad antes que mi pobre vista cuarentona ya no pudiera distinguir en la oscuridad dónde cazzo tenía que bajar en la ruta) y violar uno de los mandamientos de la paqueta habitación: no comer allí dentro.
Soy una viajera frecuente y la verdad es que era la primera vez que encontraba una restricción de este tipo en un hotel. A ver... todos los hoteles tienen servicio de habitación y, por ende, permiten ingerir alimentos en las habitaciones. Muchos ofrecen además servicio de heladerita donde hay miles de porquerías para masticar. ¿Cómo podían prohibir comer allí dentro?
Lo cierto es que después de caminar toda la tarde y tomar fotos a cada rincón de una ciudad bellísima, me senté en un bar a tomar un café.
Cuando estaba terminando, pregunté dónde podía conseguir un taxi, ya que faltaba bastante tiempo para la hora del colectivito y quería llegar al hotel para disfrutar su piscina espectacular (además, francamente,  ya estaba bastante cansada de dar vueltas) y se ofreció gentilmente a pedirlo por teléfono.
Accedí y en pocos minutos el auto estuvo allí. 
Sólo unos kilómetros después me di cuenta que había olvidado por completo pasar por el supermercado!!
Bueno, pensé, el hotel ha de tener un room service o al menos un bar donde comer un sandwichito nocturno.
Pues no, no lo tenía.
El bar sólo ofrecía tostados de jamón y queso hasta las 20 hs. 
¿A quién se le ocurre ese horario? Los argentinos cenamos más tarde!!!
Como quería ir a la pileta, pedí que me prepararan el dichoso tostado y a las 20 en punto estuve en recepción, aún con el cabello mojado.
No podía pedir que lo empaquetaran porque se avivarían que violaría la norma de prohibición de comer en la habitación. Así que me senté en el desierto hall de recepción y de espaldas a la recepción, frente a la pantalla del televisor, simulé comer.
Cada vez que la conserje se distraía, envolvía una porción de sandwich y la metía en mi bolso.
Fue toda una experiencia en el arte de aparentar, moviendo la mandíbula y tragando saliva, mientras con rapidez envolvía cada trozo y lo guardaba.
Así estuve un buen rato hasta que me limpié la boca (que estaba más que limpia!!) y me levanté del sillón.
Pasé al lado de la conserje temiendo una requisa que me pusiera en evidencia y la saludé con un "hasta mañana".
Esa noche violé el mandamiento número 1 de la habitación y a una hora decente, cené un frío tostado aplastado con trozos de papel pegado, sentada en mi cama king size, para después juntar minuciosamente cada miguita que se hubiera podido caer (había que ocultar la evidencia!!)
¡Me sentí la pobre pordiosera del palacio!

lunes, 25 de junio de 2018

La bajada de Pelourinho



Muchos que conocen mi animadversión hacia el calor me han preguntado cómo cazzo fui a elegir justo Salvador de Bahía para mis vacaciones. Y sólo hay una respuesta posible: la historia.
Soy una apasionada de la historia, de lo colonial, las construcciones de cientos de años, las calles adoquinadas y los balcones de rejas de hierro forjado. Y Bahía reunía muchas de esas condiciones.
Así que me embarqué en marzo, pensando que tal vez sería menos caluroso que enero.
Pero Bahía tiene altas temperaturas todo el año. 
Por ahí sopla un vientito salvador, pero el sol puede resultar insoportable.
El día que estaba programada mi visita a la parte histórica de la ciudad me alegró que no lloviera. 
Era un día espléndido, con un incomparable cielo azul, de ésos que salen espectaculares en las fotos, más aún en el contraste con el colorido de las construcciones típicas.
Feliz, cámara en mano, me dispuse a salir de caminata por esas viejas calles empedradas.
Tenía soleras, pero decidí que lo mejor era un short y una remera bien fresquita.
A los gordos no se nos dan bien los shorts, porque tenemos las piernas juntas y las del pantalón van escalando posiciones al caminar. Aún así era la mejor opción porque teniendo en cuenta el calor y lo que transpiro, la otra alternativa era terminar escaldada, que -les aseguro- no es nada agradable.
Esta vez decidí caminar sin prestar atención a los incómodos shorts y dejarlos que suban y bajen a su antojo, concentrándome en lo que verdaderamente importaba: las explicaciones del guía, el paisaje y mis fotografías.
El calor era abrasador. Y, desde luego, no hay un puto árbol!! Así que estuvimos horas recorriendo esas calles bonitas, ese festival de verdes, rosas, azules y amarillos, que hacen al Pelourinho tan característico.
En algún que otro momento sentí que caminaba con una bolsa entre las piernas, pero -fiel a mi promesa- me concentré en el recorrido y en gastar un paquete de pañuelos descartables secando el sudor que caía de mi cabeza cual catarata, dejando mis cabellos pegoteados debajo del sombrero de uso obligatorio para evitar que hirvieran mis pobres sesos.
Tras varias horas de caminata llegamos al elevador Lacerda, que después de ofrecernos una vista espectacular desde las alturas, descendía 72 metros hasta la parte baja de la ciudad, donde se encontraba el punto final de la excursión: el Mercado Modelo, antro de perdición para personas como yo, que adoran las artesanías.
En ese punto y escuchando las últimas explicaciones del guía relativas al punto de encuentro para partir, sentí que el asunto del short no daba para más. Así que decidí echar un vistazo y con horror descubrí que se me había cortado el elástico de la cintura!!!! El pantalón colgaba casi hasta las rodillas como el viejo calzón de la empleada pública de Gasalla, sólo sostenido en parte por la riñonera.
Había hecho todo el recorrido arrastrando ese triste trapo entre las piernas sin darme cuenta!!!! Seguramente había quedado también con media bombacha asomando a mis espaldas, pero decidí no imaginarlo para no sentir más vergüenza. Sólo esperaba que ninguno hubiera andado por ahí filmando y mi pobre trasero caído fuera a parar a Youtube.
Cuando fui al baño, me pude refrescar y acomodar la dichosa prenda, volví a ser persona, más allá de la pobre desgraciada  que había recorrido el Pelourinho con los calzones a la rastra.
Aún con el short colgando, la remera chorreando sudor y los cabellos empapados, disfruté mucho la historia de Salvador. ¡Un lugar digno de visitar!

miércoles, 2 de mayo de 2018

Diluvio en el morro



Creo que ya conté de sobra cuánto me aburren los días de playa.
Lo cierto es que durante mi estadía en Bahía, si bien disfruté unos días espléndidos en el mar, necesitaba algo más. Un traslado, algo nuevo, la adrenalina de un tour!!!!
Vi las distintas alternativas que ofrecía mi operador y terminé optando por un paseo por el Morro de Sao Paulo, un lugar absolutamente paradisíaco que parecía prometedor.
Cargué toneladas de protector solar, sombrero y ropa liviana pensando en que si el lugar era más caluroso que Salvador, mejor era prevenir que curar.
La mañana ya empezó torcida.
Como de costumbre (con mi obsesión por la puntualidad), bajé al lobby del hotel media hora antes. A las 7:30 tendrían que venir por mí para ir al puerto a tomar la primera embarcación.
Esperé, esperé y esperé y nadie apareció.
En un momento entró un moreno bajito que dijo algo y como mi oído tiene un problema muy particular con el portugués de Brasil, me acerqué para preguntar si era a mí a quien buscaba, pero me respondió que no. Su pasajero era un tal Francisco (o al menos eso entendí).
Pasaron los minutos y seguía estacionada la traffic en la puerta así que salí para verificar que ése no fuera el chofer que me esperaba; y al volver a entrar, la gente de la recepción me preguntó "¿habitación 213?". Respondí que sí.
El imbécil (por llamarlo cariñosamente) de mi chofer había entrado hacía más de 15 minutos y se había instalado a conversar con los empleados del hotel, por lo que nunca le di bolilla. En ningún momento me llamó por mi nombre o por el destino. Y no contento con su ineptitud, me maltrató delante de todos diciendo que era adentro donde debía esperar y no afuera.
De más estuvo tratar de explicar en español que yo estaba adentro y sólo había salido porque me preocupaba que no llegara. Ahora pienso que debí putearlo en español y tal vez entonces me habría comprendido.
Abrió bruscamente la puerta de la traffic y todos me miraron con cara de fastidio por "la impuntual" (ya ni me preocupé por dar explicaciones) y tras un portazo, partimos a una velocidad que me tuve que sostener en el asiento para no salir disparada!!!
Llegamos a tiempo al puerto y allí, tras una espera considerable, tomamos el "Angélica" rumbo a Itaparica, 40 minutos de travesía.
El viaje estuvo tranquilo, la embarcación muy confortable, con butacas individuales, todo muy limpio y agradable.
Llegamos al primer puerto y nos esperaba un bus. De ahí emprendimos el recorrido terrestre de una hora y media.
A medida que avanzábamos, unas nubes negras comenzaron a aparecer siguiendo el bus (como en el Espantomóvil de Los autos locos) 
Al arribar al segundo puerto y, mientras caminábamos por el muelle, comenzaron a caer las primeras gotas. Y entonces subimos a la lancha y un rayo cayó cual película de horror, anunciando lo que nos esperaba.
Esta embarcación ya no era tan segura, limpia ni grande. Era una lanchita precaria, con bancos de madera muy estrechos, que tembló cuando subió el malón.
Totalmente abierta, en algunas partes constaba de cortinas de nylon para cubrir las "ventanas". Por supuesto no en mi lugar. Y la verdad que se zarandeaba tanto ese espantomóvil que decidí no moverme. Era mejor mojarse a arriesgarme a quedar desparramada en el piso.
Y no andaba lenta, no no... alcanzó una velocidad que hasta vértigo me dio!!! Volaba sobre el agua acompañada de un ruido ensordecedor y salpicando agua por los costados.
Todos me miraban con ojos compasivos... pobrecita, se está mojando toda!! Porque no imaginaban lo que nos esperaba a la llegada!!!
Cuando arribamos al Morro, diluviaba!!!!! Paramos junto al muelle y todos nos preguntamos ¿tenemos que bajar? Pues sí, es acá y no hay tiempo para pensarlo.
Subimos las escaleras en medio de esa lluvia torrencial, esquivando los rayos y centellas, hasta poder guarecernos bajo un techito.
Por supuesto que poco servía como protección, ya que llovía de arriba hacia abajo, de los costados y brotaba agua de las maderas del muelle.
Sólo atiné a tomar la bolsa que había llevado para poner la malla mojada (qué graciosa, sólo la malla!!) y guardar allí mi cámara y celular, para al menos preservarlos del agua.
Y cuando ya no tenía más sentido esperar a que parara, el guía nos animó a avanzar.
Claro que no era llegar, caminar un poco e instalarnos en el restaurante que sería nuestra base. No, nada es tan fácil.
La entrada al morro era una rampa muy empinada, que hubiera hecho tranquila en condiciones normales, pero en ese momento además de estar en sandalias y sentir como los pies resbalaban en mi propio calzado, caía una catarata de agua por la pendiente, que amenazaba llevarte si no te sostenías bien. ¿De dónde? ¿De una baranda, tal vez? No, no había baranda, sólo podías confiar en tu propio equilibrio.
Cuando logramos llegar a la parte superior, el infierno no acabó. Seguirían una, dos, tres y más rampas como ésa.
El temporal no aflojaba y la escena parecía tomada de la película Tsunami, por el caudal de agua que se deslizaba por las rampas y la velocidad con que corría.
Un nene lloraba y le decía a la madre: "¡Quiero comprar un paraguas!".
Una vez que llegamos al restaurante, paró. ¡Por supuesto!
Estaba tan furiosa que creo que mi propia calentura podía llegar a secarme.
Entré al bar, pasé al baño. Era toda una sopa y apenas podía caminar con las sandalias empapadas.
Y como en todo inmundo lugar tropical, al rato salió el sol. Pero al menos se pudo disfrutar un poco de ese paraíso algo revuelto y secar los lienzos.
Por supuesto que para cuando todo se puso lindo había que regresar, aunque no me oponía a la moción.
Estaba más cansada que cuando camino 8 horas seguidas recorriendo alguna ciudad.
Volvimos al infierno en tres etapas: lanchita veloz, bus lento atestado de gente y última embarcación. Claro que a ésta llegamos de noche y en el último horario.
Ya no había butacas individuales sino bancas y toda la gente del mundo!!! Parecía un urbano en horario pico. La gente subía y subía y pasaba hacia atrás (supongo que habrán caído en un agujero negro porque nunca terminaba de llenarse)
Y cuando creía que no podía resistir nada más, vendedores ambulantes!!! A los gritos en portugués, vendiendo cargadores de celular y pendrives, entre otras mercancías. Mi corazón y mi humor no lo resistían más!!!!
Esa noche no salí a cenar afuera. Sólo quería silencio, o alguien que me hablara bajito... en lo posible en cualquier idioma excepto portugués!!

jueves, 5 de abril de 2018

Resorteando



Todo amante de la playa sueña con un buen resort all inclusive. En mi caso, playa, arena, sol, viento y resort sólo pueden combinarse para crear un verdadero infierno en la tierra!!!
Todos los hoteles son diferentes, pero una vez que conociste un resort, los demás son sólo variantes de la misma estructura con un solo objetivo en común: atrapar al turista y no soltarlo, que no encuentre una sola razón para salir de ese cautiverio!!
Para lograrlo, cuentan con una gran extensión de terreno donde concentran una mini ciudad, a saber: monoblocks de departamentos de colores pastel finamente decorados, mucha palmera, césped y flores, playa privada, varios bares y restaurantes, piscinas interminables, discoteques, teatros y un batallón de personas preparadas para satisfacer el menor capricho de los huéspedes (preparadas, lo que no siempre quiere decir que lo hagan!!)
La idea original de estos espacios creo que se la deben a Ricardo Montalbán y al fiel enano Tatoo, quienes en la serie "La isla de la fantasía" se encargaban de endulzar a los ingenuos televidentes setentosos con la idea de una isla paradisíaca donde todos los deseos podían hacerse realidad. Y tal era nuestra fascinación con ese mundo inexistente en aquellos años, que ni siquiera llegábamos a notar que no se trataba más que de una horrenda escenografía en la cual ni siquiera las palmeras eran reales y en ocasiones el césped se levantaba del suelo para dejar ver debajo el piso de cemento.
Así, recrean esa fantasía, de estar en un paraíso irreal en el que todo es bello y perfecto... aunque diste de serlo!!
Voy a dejar al margen de este comentario a los resorts de Venezuela y Cuba porque -si es que alguna vez han leído otros posts al respecto- ya sabrán lo que opino del Caribe, de los caribeños y de los problemas coyunturales que existen en ambos países, para dedicarme de lleno al último que visité, en Praia Do Forte, Brasil.
Para comenzar, te entregan el mapa, algo de vital importancia y poca utilidad, ya que generalmente están alterados los puntos cardinales, o los dibujos son confusos, lo que puede hacer que termines en el resort vecino arrestado por intrusión.
En realidad te arrestan de entrada, cuando te colocan la pulserita, que -si bien no es electrónica como la  de los presos- tendrás que cargar el resto de tu estadía. Así, todo el mundo llevará la marca de agua (la raya pálida de la pulserita en un brazo tostado por el sol), lo que te da el status de "resortero".
Volviendo a Praia Do Forte, el esquema del resort era prácticamente igual a todos. Partiendo de que el clima es tropical y que quedan muy "onda Casablanca" los ventiladores de techo en destinos exóticos, evitan acondicionadores de aire en lobbies y buffets, creando espacios abiertos, sin puertas ni ventanas. Todo muy pintoresco... pero con una temperatura ambiente que supera la del aire libre al rayo del sol!!!
Así, cuando entrabas al buffet, te preguntabas si acaso te habías equivocado y estabas en el sauna, o si los hornos de la cocina estaban ubicados dentro del salón, porque la temperatura era infernal!!!, sin que sirvieran de mucho las decenas de ventiladores que iban a una velocidad equivalente a 2 km/h. Eso sí, al menos lograban que -estuviera tu mesa a la distancia que fuera- la comida se mantuviera caliente por más tiempo.
Encontrar tu habitación es sólo para aquellos que hayan sobrevivido al laberinto de Los Cocos (de noche y con los ojos cerrados) y hayan tenido como literatura de cabecera Buscando a Wally.
Cuando al fin ubicás el conjunto edilicio, hay que encontrar la habitación!! Los carteles suelen ser confusos y así hay que subir y bajar escaleras y recorrer largos pasillos hasta dar con el numerito indicado. Sí, todo a pata, porque sumado a la economía de acondicionadores de aire está la economía en ascensores. Trópico, paraíso, fantasía es incompatible con ascensores!!
Finalmente a recorrer los grandes parques. Aquí viene "la perdida mayor". En principio es conveniente seguir siempre el mismo caminito hasta que después de unos días puedas diferenciar el bloque 4 del 5 o del 6 y así encontrar el destino buscado.
Las piscinas son simplemente espectaculares, pero calientes!!!!!! ¿Por qué calefaccionar piletas en un sitio donde el sol puede llegar incluso a hacerte hervir los sesos? Inconcebible, pero así es.
Como todo resort, ofrecerá un servicio de recambio de toallas, que por alguna extraña razón siempre cierra después que las piscinas. Así, por ejemplo, en el resort brasileño (al igual que en aquéllos que antes visité), la piscina permanecía abierta hasta las 19 hs., en tanto el kiosquito de toallas cerraba a las 18!!! No me pregunten la razón. Si alguien la conoce, por favor me avisa.
Varias piscinas para elegir porque cada uno sabrá cuál evitar.
En mi caso había optado por "la de los tranquilos", lejos de la infantil, poblada de gente grande que sólo quería boyar en el agua sin patalear, nadar ni tirarse y lo principal: sin animadores!!!
Porque si me aguarda algún sitio en el infierno, seguramente estará atendido por animadores de resorts. Estos especímenes son personas hiperkinéticas, generalmente de más de la mitad de tu edad, dedicados a entretener (o molestar, como quiera leerse) a los huéspedes.
Así, 24 horas al día gritan, micrófono en mano, organizando juegos, partidos de voley, fútbol, tenis, pato o tiro al pichón, clases de gimnasia, de baile, de corte y confección... así todo el tiempo, todos los días!!!
Y como si fuera poco, a la noche ellos mismos protagonizan los shows del teatro, a mi criterio, de dudosa calidad. Si hay algo que detesto cuando voy a ver un espectáculo es que el show tenga que hacerlo el público. Los "shows participativos"... engaña pichangas para que el que labure seas vos!!!
En verdad me compadezco de los animadores, y casi puedo imaginar a esos pobres despojos de seres humanos cayendo desmayados por la noche, para arrancar a las 7 AM otra vez con toda esa hiperactividad!!
A los que toca la peor parte en los resorts es a los niños. Ellos no sólo arrancan temprano como sus papitos, que quieren hacer en 7 días lo que no hicieron en 1 año, sino que suelen ser endosados cual paquetitos a los miembros del equipo de entretenimiento. 
Algunos van contentos, otros a regañadientes se separan de sus padres para unirse a una vorágine de actividades de la mañana a la noche, que hacen que los pobres críos terminen cayendo rendidos a la cama sin chillar.
Para los que hablan un idioma diferente al de "las ardillitas" de los animadores, es una verdadera tortura, porque todas las canciones, juegos y órdenes son en el idioma nativo.
Y después de jugar en la pileta, en la playa, cantar y arrastrar sus piececitos por todo el complejo durante toooodo el día, por la noche marchan en procesión hacia la discoteca, donde lo que quede de esas pobres almitas se sacudirá un rato (si es que puede) al ritmo de música a todo volumen. Con suerte, en compañía de sus papitos, que si tienen hijos bebés, estacionarán los cochecitos en la puerta mientras esperan que los mayorcitos terminen de caer rendidos.
Otra de las formas de economía que todos los resorts tienen en común es la iluminación. 
Así como durante el día no vacilan en ostentar todo lo que ofrecen, por las noches se limitan a colocar unas luces pequeñas y paliduchas cada 3 o 4 metros en los caminos, de modo que si perderte era fácil con el sol en alto, de noche directamente podés llegar a desaparecer!!
La oscuridad se acentuaba en la zona de las piscinas, abiertas hasta las 19 hs. en un lugar que anochece a las 18. Allí había que echar mano a un bastoncito blanco para no meter la pata en la pileta o en un cantero y perder el equilibrio y algo más.
Esta nonna se manejaba con la linternita del celular. A ustedes les causará gracia, pero sinceramente no tenía ganas de terminar mis vacaciones con una pata enyesada!!
Y más allá de las actividades, el mar y las piscinas, comer y chupar... ¿qué más se puede hacer cuando no hay nada más en 10 km a la redonda?
En mi caso prefería elegir mi comida, nada raro, cosas de forma y color conocidos. Pero en todo all inclusive también existen los restaurantes temáticos a los que no se puede dejar de asistir. 
La regla es el buffet, pero según las noches de estadía hay derecho a cenar en restaurantes temáticos. En este hotel había tres: uno bahiano, uno gourmet y otro oriental.
Ahí entonces es hora de colocarse las galas (olvidadas tras días de vestir zaparrastrosamente en la playa y las piscinas) y asistir a un restaurante en el que se puede elegir a la carta y levantarse sin pagar.
Es el momento en que todos nos hacemos los "finolis" y ni siquiera sabemos cuál de los tres tenedores usar!!
En mi caso sólo asistí al bahiano y al gourmet desperdiciando una de las noches disponibles, ya que soy de comidas básicas (por no decir "soy jodida con las comidas") y sabía que lo raro no me iba a gustar.
La primera de las noches en el bahiano realmente no sabía qué elegir, porque era una combinación de todo aquello que detesto: pescado, mariscos  y cosas agridulces. De todos modos probé la famosa moqueca y me pareció excelente.
Al segundo día el gourmet me lo puso más difícil. Especialmente cuando pedí cerveza para tomar y me miraron como si hubiera querido hacerme un harakiri en medio del restaurante!!! Después de sortear posibilidades, terminé optando por un faisán crocante y el lomo a la nosequé con una especie de lemon pie redondito de postre. También salí airosa de la experiencia.
De más está decir que renuncié a la comida oriental. Ya había tenido oportunidad de hacerlo en Cayo Largo y sólo salí muerta de hambre y con olor a humo en la ropa por la fritanga.
Así, esta resortera terminó su estadía harta de no hacer nada a la vez que cansada de actividades sin sentido, flechada por el sol, rodando por los kgs de más que adquirió en los últimos días, con el hígado gritando "basta de alcohol" y puteando contra el Sr. Roarke y Tatoo, que te hacían creer  que eso era el verdadero paraíso...

domingo, 25 de marzo de 2018

Animales de playa


Ante todo tengo que decir que me gusta el mar. Soy de las que suspiran cuando ven fotos de playas paradisíacas de aguas cristalinas y arenas blancas; y de aquéllas que se babean viendo una hilera de palmeras. También me gusta mucho el agua. Estaría horas boyando a la deriva o jugando con las olas.
Pero del dicho al hecho...
Confieso que soy del tipo "turismo ezquizofrénico". De esos tours de 20 países en 30 días y régimen militar: 5 hs. llamada; 5:30 maletas en la puerta; 6 hs desayuno y 6.30 partida... hacia un destino pero no sin antes hacer 25 paradas por el camino. Eso sí: salir vestidita y llegar vestidita y lista para un buen baño!!
Lógicamente con este panorama la playa me aburre!! No entiendo cómo la gente puede estar horas tirada como un lagarto al sol haciendo NADA, levantándose sólo para un chapuzón ocasional.
Además, ¡¡todo ese incordio!!! 
Tal vez la cosa cambiaría si hubiera playas techadas, pero dado que eso aún no existe (y no creo que sea rentable), está el infame sol que se relame al ver pieles tan blanquitas y jodidas como la mía.
Así, cada vez que salgo debo encremarme entera: protector solar de bebé para al menos tener una insolación tratable, cuestión que se hace difícil viajando sola, ya que hay lugares a los que las manos no llegan, por más que intente posiciones contorsionistas. Y así, termino quemada donde los manotazos no llegaron a encremar la espalda.
No olvidar tampoco el labial de manteca cacao. He tenido la experiencia de labios flechados y no resultó agradable, por cierto.
Sombrero, por supuesto. También me he quemado el cuero cabelludo y puedo recordar lo doloroso que fue y lo odioso de no poder calmar el ardor!!
Y nada más salir y comenzar a sudar.
Entonces el sudor se mezcla con el protector solar haciendo una crema apestosa y tufienta que comienza a chorrear... hasta llegar a la playa porque ahí el viento y la arena se encargan de marinarte el cuerpo. En este punto se pierde la humanidad para transformarse en milanesa.
Y la arena... qué linda se ve en las fotos pero qué sucia, caliente e inmunda es en vivo!! Si vas descalza te quema los pies; si tenés ojotas o sandalias, comienzan a llenarse de esos granitos molestos!!
Con suerte habrá una sombrilla o palmera amiga que te proteja del sol directo. Pero aún así, a los 5 minutos de estar allí debajo, sólo quiero mojarme!!!!!!!!
Y ahí... al mar!! que es cálido sólo en folletería. Conocí varias playas y debo decir que nunca encontré una de aguas cálidas. Lo más cercano fue templadito. Pero bueno, el cuerpo se acostumbra a todo.
Así, la marinada se vuelve salsa, sumado al salitre del mar. Una pasta asquerosa!!!, sin mencionar la arena y/o sal que se va acumulando en lugares poco apropiados.
Y soy jodida. Sí que lo soy. Un mar sin olas me parece sumamente aburrido. Para eso, me baño en una pileta!! Y si tiene demasiadas olas, te tumban a la mierda y terminás tragando agua salada.
¿Punto medio? No hay.
Y está el otro tema, si es que viajás sola como yo: las pertenencias!!! ¿Cómo podés estar tranquila dándote un baño cuando tenés tu bolso, tu cámara, tus anteojos, lejos de tu alcance, en la playa?... ¿Y si los amigos de lo ajeno se lo llevan? Al menos yo no encuentro tranquilidad y mientras dura mi aventura acuática, cabeceo tanto hacia mi "parada" que me llega a doler el cuello!!!
Finalmente, destruída, con la malla llena de arena, el pelo pegoteado por la sal y la espalda que ya pica por el sol, volvés al resguardo de tu sombrilla.
¿Y ahora qué? Esperar a cocinarse del calor para que todo comience de nuevoooooooo... y en mi caso, con una única idea fija: volver al hotel a bañarme!!!!!!!!!
Definitivamente no soy un animal de playa.  Puedo llegar a aguantar un día, dos y al tercero sólo con chaleco de fuerza y a la rastra me llevan de nuevo!!!
Y generalmente donde hay playa, hay resorts. Pero ése será tema de otro post.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Perdidos en Ginebra



El título de este post puede hacer referencia a problemas etílicos, pero lo cierto es que si algo conservábamos en esta aventura era la sobriedad, así que -descartada la presencia de bebidas blancas en este relato- paso a contar.
Cuando llegamos a Ginebra, entramos en ómnibus a la ciudad. Así nos mostraron la estación de trenes, la Basílica de Notre Dame, el lago Lemán que cruzamos por el puente del Mont Blanc, el clásico reloj de flores... todo en medio de un día soleado, con cientos de personas en un clima festivo, ya que -según dijo la guía- teníamos suerte de llegar para las festividades de agosto, donde la ciudad se vestía de gala y había muchas celebraciones y ambiente que disfrutar.
Sin embargo, a medida que nos alejábamos del mundanal ruido, del lago y de la gente, nuestras caras iban cambiando, para enterarnos que nuestro hotel se encontraba en la francesa Annemase, a unos cuantos kilómetros de todo lo bello que habíamos visto.
Eso no hubiera sido una mala noticia, de no ser porque sólo teníamos una tarde en Ginebra y esa tarde era libre!!!
Muy suelta de cuerpo nuestra guía nos indicó que llegar al centro sería facilísimo, ya que había un bus que pasaba por la esquina de nuestro hotel y nos dejaba exactamente en la estación de trenes de Cornavin, muy cerca de la basílica y de todo aquello que queríamos ver más allá de la ventanilla de un ómnibus.
Confieso que la odié.
La entrada al hotel fue decepcionante. Parecía un local abandonado, sin un sólo mueble ni planta que ocupara el ambiente. Sólo un exhibidor con folletería y dos puertas metálicas de ascensores. La recepción estaba en el primer piso.
Debo confesar que fue la primera vez que me alojé en un establecimiento de ese tipo. Parecía más un hostel (y de los peorcitos), que un hotel con más estrellitas.
Al llegar al primer piso (en turnos, porque no todos podíamos subir juntos), el ambiente que nos esperaba arriba no era mucho más espacioso. 
Como era demasiado temprano aún para el check in, sólo nos indicaron dónde depositar nuestro equipaje y nos permitieron ir al baño, para dejarnos la famosa tarde libre.
Era más o menos la 1 de la tarde y estábamos algo famélicos.
Caminamos hasta la plaza principal de Annemase y almorzamos en uno de esos restaurantes típicos. Una hamburguesa, que -digamos- era la comida más conocida que tenía el menú.
Pasadas las 2 caminamos nuevamente para el hotel, deseando entrar a nuestras habitaciones y al menos usar nuestros propios toilettes, mas vimos el bus indicado llegar a la parada y, dado el poco tiempo del que disponíamos, lo tomamos sin dudar y sin detenernos en el hotel-hostel.
El viaje fue bastante largo para mi gusto (y de pie, porque venía atestado de gente),  pero todo iba bien hasta que en una parada nos detuvimos. 
No era la estación de trenes ni nada que se le parezca; y, pese a que no nos movimos de los asientos, de pronto el chofer nos "obligó" a bajar.
Descendimos confundidos. La mayoría hispano hablantes, que formábamos parte del mismo grupo y también una señora mayor que cargaba una valija, quien en peores condiciones que nosotros, hacía preguntas en francés que  ninguno de nosotros sabía responder.
Alguien comprendió al fin la cuestión y resultó ser que, a causa de las famosas festividades de agosto, nuestro bus sólo llegaba hasta esa parada, donde tendríamos que esperar otro bus que nos llevaría a la estación de Cornavin.
La pregunta del millón era por qué si el otro bus llegaba a Cornavin, no llegaba éste. Pero con los suizos mejor no discutir demasiado.
Allí quedamos varados, sin saber dónde cornos estábamos, hasta que muchos minutos más tarde llegó el nuevo bus.
Subimos ansiosos y obedientemente leímos los cartelitos de cada parada sin tener la más remota idea de dónde nos encontrábamos.
Cuando vimos anunciar la parada Cornavin, bajamos atolondrados.
Todo hubiera sido perfecto si no fuera que el bendito cartel anunciador estaba desincronizado!!!!
Ni ahí el lugar se acercaba a la estación de Cornavin.
Intenté preguntar en inglés a varias personas, pero después de varios intentos fallidos, decidí hacer caso a mi instinto y comenzar a caminar.
Así llegamos a la Basílica de Notre Dame. Y a partir de allí el camino a Mont Blanc era clarito.
La pregunta del millón era cómo regresar, pero por ahora no nos preocupaba. Había que disfrutar de la tarde... y rápido!! porque ya habíamos perdido más de una hora en el dichoso periplo.
Teníamos poco tiempo para recorrer, así que el paseo fue intensivo y agotador, ya que hacía un calor abrasador (lo que no sabía en ese momento era que tenía que aprovechar ese sol que no vería en la próxima semana en Suiza!!)
Ginebra era un mundo de gente y terminamos separándonos como grupo, para que cada cual pudiera hacer lo que quisiera en el poco tiempo que disponíamos.
Dejé para el final la compra del souvenir local (un imán para sumar a mi vasta colección), mas cuando acordé eran pasadas las 18 y TODOS los locales habían cerrado.
¿¿¿Cómo es posible que en pleno verano en una ciudad turística todo cierre a las 6 de la tarde???
Cansada, decepcionada y sin un puto recuerdo de la ciudad, caminé hacia la estación. No tenía sentido seguir dando vueltas en ese mundo de gente enloquecida.
En un bar vi a mis compañeras de viaje españolas y me senté a recuperar energías, mientras compartíamos nuestra decepción por esa tarde desperdiciada y perdida.
Tras una parada técnica en el toilette, partimos a Cornavin. Y allí todo fue más sencillo. Pudimos sacar nuestro ticket en el bus original (ya que el regreso sí corría) y, aunque los cartelitos seguían algo descoordinados, llegamos a destino.
Estaba aún a bordo del bus cuando advertí que había dejado mi campera impermeable en el bar!!!!
Volver era una locura y, francamente, en ese momento hubiera buscado un burro para que me diera patadas en el culo!! Pero gracias a la diligencia de mi guía (que calmó mi enojo con ella por la odisea en bus) y a que al día siguiente  por la mañana tendríamos el city tour por Ginebra, la pude recuperar (un verdadero milagro que no sucedería en Argentina, desde luego; y que fue fantástico porque después llovió tanto que fue la vestimenta que más usé)
Finalmente el hotel-hostel resultó ser muy cómodo y bien equipado. La habitación, un lujo!!, lo que (junto a la actitud de mi guía) confirmó que las primeras impresiones no siempre cuentan!!!!

lunes, 2 de octubre de 2017

Los euros voladores


Como viajera frecuente, tengo una y mil historias de aeropuertos. Especialmente de abusos, en los últimos tiempos.
El personal aeroportuario se ha vuelto cada vez más paranoico y, en medio de esa locura, pasan por alto cosas elementales por inclinarse hacia trivialidades.
No suelo viajar con mucho dinero en efectivo. Utilizo más las tarjetas.
Tal vez eso forme parte de un "síndrome kirchnerista" mal curado, de las épocas en que tanto nos costaba conseguir moneda extranjera. Lo cierto es que trato de preservar los billetes como el Tío Rico, cuando guardaba las moneditas abrazándolas en su regazo.
No sé por qué en este viaje llevé tanta cantidad de efectivo. Quizá fuera porque hice las valijas con tanto apuro que hasta me dio fiaca desarmar el sobre en que tenía guardados los euros, para tomar sólo una parte. Lo cierto es que llevé una cifra de 4 dígitos bastante considerable.
Siempre guardo el dinero en mi bolso de mano. Jamás en la valija que despacho. Así me aseguro que siempre el dinero permanezca junto a mí.
Pero en este viaje no contaba con las autoridades aeroportuarias suizas, que trastocarían mi ritual hasta dejarme al borde de la locura (bueno, confieso que también yo contribuí... bastante!!).
Previo al vuelo Zurich/Frankfurt me pasó algo en los controles que nunca había experimentado: me hicieron abrir la valija de mano!!!
Es decir, me la mostraron ya abierta y comenzaron a sacar todos y cada uno de los artículos que había adentro: medicamentos, souvenires, balancita de mano... hasta medias y calzones!!
Revisaron absolutamente todo. No había ningún artículo sospechoso, sólo lo sacaron para joder nomás.
Volví a ordenar mis pertenencias y volví a cerrarla. En ese momento ni se cruzó por mi cabeza que ahí estaba el sobre con los euros!!!
Al llegar a la puerta de salida, alguien de la aerolínea se acercó a mí y me dijo que tendría que despachar esa  valijita. 
Pregunté el porqué, ya que siempre viajo con ella, es de la medida reglamentaria y -a mitad del viaje- no estaba excedida de peso.
No me supieron explicar; sólo me dijeron que debía dejarla al lado de la puerta del avión y ellos se encargarían de depositarla con el resto del equipaje ya despachado.
Lo primero que hice fue rescatar la netbook... no iba a despachar la computadora con el equipaje de bodega!! Y entonces recordé los dichosos euros.
En medio del tumulto que esperaba para abordar y, como pude, haciendo equilibrio sobre una butaca, revolví la valija entera sin poder hallar el puto sobre.
Desesperada desparramé ropa sucia y demás objetos, sin lograr dar con los malditos euros.
Cuando comenzó el embarque, cerré la valija, le puse el candado y me encomendé a todos los santos.
Para entonces sólo pensaba que me los habían robado en el control, o que me los podrían robar al dejar mi valija en la bodega.
Fue el viaje de dos horas más largo de mi vida.
Creo que no respiré hasta llegar a mi habitación en el hotel alemán.
Entonces, con la santa paciencia, fui sacando todo y colocándolo sobre la cama, para comprobar... que el sobre no estaba!!!!!!!!!!!
Maldije a los empleados del control, a la aerolínea y a la honestidad suiza!!!! Pensar en las cuatro cifras perdidas y en lo que me había costado comprarlo me volvía loca!!!!!
Y peor aún...  cómo sobreviviría con los pocos euros en efectivo con los que contaba.
Grité, lloré y puteé hasta el cansancio.
Entonces me lavé la cara y me dije "el viaje debe continuar" y sólo tenía una tarde libre para recorrer Frankfurt. No iba a permitir que esto lo arruinara.
Una vez que me tranquilicé, me di una ducha y abrí la valija grande para ponerme ropa más fresca. 
Y allí, entre las decenas de folletos que traía de Suiza... estaba el sobre!!!!!!!!
Sentí que el alma me volvía al cuerpo y me arrepentí de tantas maldiciones que había echado.
Lloré una vez más agradecida de haber encontrado los euros que creía perdidos en vuelo y de rabia, por ser tan despistada, impetuosa y cabrona.
Llené de besos el sobre, lo guardé en la caja de seguridad y, con la cabeza despejada, pude perderme en las calles de Frankfurt y disfrutar el paseo por las aguas del Main.