lunes, 24 de abril de 2017

La medina... una experiencia religiosa!!!



Para una viajera habitué de "países occidentales" como yo, como ya relaté, los contrastes con Marruecos podían llegar a ser muy violentos.
Gracias a Dios, a Alá, o a San Europamundo, nuestro itinerario estaba diagramado de modo tal que comenzáramos por las ciudades más "occidentalizadas" como Tanger, Rabat o Marrakech, para luego internarnos en la cordillera del Atlas, el desierto y terminar en Fez. Caso contrario, creo que el choque de culturas hubiera sido mucho más agresivo y no hubiera alcanzado a disfrutar de ese exótico país tanto como disfruté.
Hubo muchas experiencias inolvidables, como caminar dentro de una kazbah, construcción típica marroquí que, como fortificación, permitía a las personas defenderse de intrusos y de ataques. Allí parece que el tiempo se hubiera detenido y comenzáramos a ser protagonistas de ese modo de vida tan distinto al nuestro y esas costumbres que aún perduran entre quienes las habitan.
Pero sin duda alguna, LA EXPERIENCIA superior en Marruecos es recorrer la medina.
Hasta el momento mi única idea de la medina eran esas callecitas por las que se escurrían Jade y Lucas (protagonistas de la novela "El clon") para amarse secretamente.
Pero la medina es mucho más. Algo indescriptible a través de la escritura o de las imágenes. Algo que sólo se puede comprender percibiéndolo a través de todos los sentidos. Porque la medina es un manojo de sensaciones, de olores, de sabores, de colores.
Apenas llegamos nos adelantaron que debíamos permanecer juntos, no por el peligro sino porque es muy fácil perderse en ese laberinto de callecitas, algunas techadas, otras por donde se atrevían a entrar algunos rayos de sol, unas más anchas, otras tan estrechas que había que caminar contra la pared para poder pasar.
Y todo eso en una senda peatonal, sólo alterada por el paso de burros o motonetas (únicos medios de transporte que pueden ingresar)
Dividieron nuestro numeroso contingente en dos y nos presentaron a dos guías por cada grupo: uno iría por delante y el otro cerrando, atrás, para evitar que nos dispersáramos y perdiéramos el rumbo.
Me asustó un poco esa idea, pero nuestra capacidad de asombro se veía superada a cada paso que hacíamos, de modo que la curiosidad vencía al miedo y nos dejábamos embriagar por esa confluencia de personajes ariscos, con vendedores insistentes; aromas a especias y a estiércol; a incienso y desechos cloacales; edificios desbordantes de arte, junto a construcciones al borde del derrumbe apostados con barrotes de hierro; carnicerías exhibiendo cabezas de dromedario, al lado de tiendas de ropa o delicada orfebrería.
La Biblia y el calefón.
Así llegamos hasta nuestra primera parada "de compras": lugar de orfebres y artesanías en metal. Ahí creo que perdí la razón.
El local no era grande, pero constaba de varias plantas. Todo junto, apretadito. Daba temor pasar y no tumbar nada porque todo allí era valioso.
Al entrar, pudimos ver al dueño tallando un plato. Sin planos, sin dibujo, el diseño iba directamente de su cabeza al metal, sobre la marcha.
Con esa astucia y habilidad absolutamente admirable de los marroquíes para el comercio, uno de sus hijos comenzó a mostrarnos pieza por pieza las artesanías, pasándolas de mano en mano, permitiéndonos tocarlas, admirarlas, enamorarnos.
Y sí, definitivamente perdí la razón.
Nunca gasté tanto dinero en una sola compra!!!! Pero tampoco lo lamenté.
La segunda parada fue para los telares, donde en un festival de color nos mostraron pashminas, cubrecamas y pañuelos.
Había comprado tantos antes que cerré los ojos para no ver, pero mi vista se posó sobre una mochila de cuero con incrustaciones de tejido artesanal a telar. Un sueño!!!
Era muy cara. Claro, cuero de camello y tejido a mano. Así que comencé a emplear mis pobres dotes para negociar y empezó el regateo.
Estaba tan distraída peleando el precio que cuando al fin nos pusimos de acuerdo y cerramos el negocio, me di vuelta y con desesperación advertí que el resto de mi grupo se había ido!!!!!
El vendedor debió haber leído la angustia en mis ojos porque sin esperar a que abriera mi boca, señaló a un marroquí vestido de chilaba (esa túnica tradicional cerrada con capucha) y me indicó que lo siguiera, que él me llevaría con el resto de mi grupo.
No era mi guía de adelante, ni el de atrás, pero apenas efectué el pago me apresté a seguirlo.
Sin decir una palabra comenzó a caminar presuroso por esas callecitas endemoniadas. Hacía pasos tan largos y se escurría por lugares tan insólitos, que en un momento me planteé si realmente me estaba llevando a destino o sería víctima de algún secuestro del tipo de esas series yanquis policiales que tanto me gustan.
¿Volverían a encontrarme algún día?
En un momento me frené y les juro que me hubiera puesto a llorar ahí mismo, cual Hansel y Gretel cuando se perdieron en el bosque.
Entonces, salidos de la nada, vi pasar en sentido contrario al grupo número dos de mi contingente. Alguien me reconoció y me gritó: "seguí por este camino, tu grupo está por allá".
No estaba siendo secuestrada. El pobre señor de chilaba sólo se apuraba para que no perdiera tiempo en la próxima parada.
Al fin respiré aliviada. Creo que había contenido el aire durante los últimos 10 minutos.
Después me enteraría que junto a los dos guías también habían contratado personal de seguridad que iba de incógnito. Por eso no reconocía al señor que me conducía tan hábilmente por esas callecitas endemoniadas.
Y cuando creí que había visto todo (y cubierto el cupo de mi tarjeta de crédito) llegamos a la curtiembre.
Al entrar nos dieron una ramita de hierba buena. Lo tomé como un detalle, mas era para acercar a la nariz para evitar el olor nauseabundo proveniente de las cubetas donde se curtía el cuero.
No puedo describir con palabras ese olor a putrefacción, a pobreza...
Me dolió el corazón al ver esas pobres almas con los pies metidos hasta las rodillas en esos líquidos coloridos, tan pintorescos como insalubres, algunos sin utilizar siquiera guantes o alguna protección.
Con asombro por las cosas bellas que elaboraban a partir de un trozo de cuero, pero con las tripas revueltas de asco y de tristeza, dejamos el lugar, en el último tramo de nuestro recorrido.
Por eso sostengo que la medina no se puede contar, no se puede fotografiar ni filmar. Hay que vivirla, percibirla. Es color y oscuridad; belleza y monstruosidad; alegría y dolor. Casi una experiencia religiosa...

miércoles, 29 de marzo de 2017

Marruecos en el imaginario popular y en vivo


Debo reconocer que no soy habitué de destinos exóticos.
Me gusta más lo tradicional, lo occidental, lo conocido.
Por ejemplo, ni ebria ni dormida me llevarían a la China milenaria, o a Tailandia, ni a India!!! Me quedo con lugares previsibles, comunes.
Sin embargo había un destino que se me había clavado como una espina en la planta del pie: Marruecos!!!
Desconozco la razón de tal fascinación. Tal vez antes me hubiera inclinado por Egipto y sus pirámides colosales. No; Marruecos, un sitio desconocido para mí, de no ser por la novela El clon, que me imbuyó del espíritu de esa gente y me ayudó a comprender las creencias de ese pueblo musulmán, más allá de las diferencias abismales con las nuestras, pero no por eso menos válidas o razonables.
Lo cierto es que en enero partí hacia ese lugar tan misterioso, con la creencia que en gran mayoría tenemos de los países del norte africano: son pobres, son áridos, son rústicos, son fanáticos religiosos, son mugrientos.
El desembarco en Tanger no contribuyó demasiado a cambiar esos prejuicios.
Caótico, superpoblado y desconcertante, serían los mejores piropos que podría dar al arribo al puerto.
Cargados con ambas valijas descendimos del ferry, ya que nuestro bus había quedado en tierras españolas. Más tarde llegaría la respuesta al interrogante de por qué no podríamos haber embarcado con bus incluido... solían meterse marroquíes debajo del vehículo, para poder huir hacia Europa.
Quedé sin palabras...
En fin, con dos maletas en mano llegamos al pie de una enooooorme escalera con una rampa empinadísima al medio.
Sí, no había otro modo de ingresar al puerto más que por ahí.
Un marroquí parloteando español se ofreció a llevarme la valija más grande. 
Con desconfianza respondí un no rotundo y, sacando los bofes por la boca, logré llegar a la cima, chorreada de sudor pese a que el clima estaba agradable en ese invierno light.
Más adelante, luego de pasar los controles migratorios de rutina, fui recibida por la guía, que verificó que estaba en un listado y me mostró a lo lejos un bus blanco, que sería mi hogar durante la semana siguiente.
Hice un par de pasos y otro marroquí que hablaba un perfecto español, quiso llevar mi maleta. 
Había una rampa menos empinada que la anterior, en bajada, así que volví a negarme.
Agregó que era el chofer de mi bus y se presentó, así que otra compañera y yo le entregamos confiadas las valijas.
Llegamos finalmente al vehículo y entonces graciosamente se dirigió a la otra viajera y a mí, presentándonos a nuestro verdadero chofer y exigiendo su propina.
Me indignó su actitud y con bronca le entregué unas monedas de euro, ya que aún no tenía cambio de moneda local.
Pensé que si así había sido el comienzo, qué me esperaría. Tendría que moverme con cautela. Esta gente no era de fiar.
Los días siguientes se encargaron de demostrarme lo equivocada que estaba.
En primer lugar, los marroquíes me resultaron encantadores. Atentos, simpáticos, diligentes y siempre dispuestos a ayudar, como en pocos países conocí.
Con relación a la aridez del paisaje, también me equivocaba. En los pocos días que disfrutamos de Marruecos, pudimos ver desierto, tierras verdes y fértiles, mar y playa, y hasta cruzar una cordillera nevada. Todo en tan poca extensión de tierra, si se quiere.
Y la mugre... mugre tenemos en nuestras ciudades!!!! No hay un solo papelito en el piso, siempre todo limpio inmaculado, los jardines recortaditos, avenidas de rosales y flores que nadie osa cortar... tendríamos que aprender de ellos!!
También tenía esa loca idea de ver al musulmán como fanático religioso y una vez más nada que ver!!
Totalmente abiertos, si bien tienen las 5 oraciones diarias, no largan todo para extender la alfombrita y ponerse a rezar mirando a la Meca, sino que consideran que el trabajo también es una forma de servir a Dios. 
Lo mismo con el velo; lo usa quien lo desea.
Es cierto que las mujeres tienen un trato un tanto diferente, pero ¿acaso en los países occidentales no lo tenemos también? Tal vez allí está más exacerbado, como lo de no poder fumar en público, pero siempre las mujeres tuvimos que luchar por la igualdad y la seguimos remando.
En fin, puedo asegurar que en mi estancia en el país africano, los marroquíes me pusieron la tapa!!
Claro que también habría muchas cosas a las cuales adaptarse... pero eso es material de un próximo capítulo!!

martes, 21 de febrero de 2017

Zambra... de mi desesperanza!!!



Y sí, dicen que el humano es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra. Y yo no sería precisamente la excepción.
Después de mi nefasta experiencia flamenca en Madrid y todavía con la bronca de haber tirado 60 euros en algo que sabía de antemano que no me iba a gustar, reincidí en Granada.
Todo me pasó por ingenua. Porque no debí haber pedido consejo precisamente a una guía turística. Ellos tratan de vender los opcionales a toda costa!!! y así, adornó el relato del espectáculo como si fuera a convertirse en lo más glorioso y único que podría presenciar en mi vida.
Se ocupó con la destreza de un ilusionista de destacar las diferencias entre el espectáculo anterior y éste. Que era en una cueva en la montaña, en el verdadero ámbito gitano, donde se podría apreciar la esencia de este baile... bla bla bla. Y yo, deseosa como estaba de descubrir al fin cuál era el significado de los gritos, el enojo y el taconeo, acepté. Esta vez eran 30 euros, sin cena pero con una consumición. Al menos no lamentaría tanto la pérdida si no me gustaba.
Después de un día agotador en la bellísima Alhambra, tan encantadora como extenuante, sólo hubo tiempo para un baño, cambio de ropa y partimos hacia el Albaicín, para una recorrida nocturna que también nos permitiría ver una panorámica de la Alhambra iluminada.
En verdad yo quería hacer sólo esta parte del opcional, pero era inescindible de la zambra gitana.
Hacía tanto frío que me enrosqué todo lo que tenía alrededor de la cabeza. Sólo asomaban mis anteojos nublados, así que ni los ojos se me veían.
No había un alma en las calles, pero me encantó el recorrido, por lo que recuperé la esperanza de que esta vez la experiencia sería distinta.
Llegamos al local. Había cola afuera para entrar. La mayoría, japoneses.
Por la cantidad de gente que esperaba imaginé que debía tratarse de un lugar amplio, mas no podía estar más equivocada!!!
Entramos por un semi laberinto cavernoso de mesitas diminutas, agachando la cabeza en algunas partes porque parecía que iba a rozar el techo. 
En principio el calorcito del interior fue agradable. Después se iría transformando en soporífero y asfixiante, a medida que llegaba más y más gente.
Llegamos a lo que era el salón, escenario, bar, etc. Un hueco en una cueva, que debía tener las dimensiones de mi oficina, siendo muy generosa con las medidas.
Había unas sillas viejas y desteñidas amontonadas contra las paredes. Casi estaban apiladas, porque no entraban vacías. No podía ni imaginar cómo nos acomodaríamos allí.
Esta vez, por fortuna, no había brasileños, así que al menos estaba acompañada por dos chilenas macanudísimas, que salvaron mi noche porque nos divertimos muchísimo!! (no por el espectáculo, aclaro)
Nos ubicamos en el centro, justo frente a la madera gastada que hacía de escenario al nivel del piso... mala idea!!
Debimos encajar los hombros como en un puzzle para entrar, al tiempo que nos quitábamos los abrigos (sin saber dónde ponerlos) y me chorreaba la cabeza como si estuviera al rayo del sol en el Caribe.
De pronto se apagaron las luces y se encendieron otras muy molestas y aparecieron los artistas: un hombre y tres mujeres. El hombre tocaba la guitarra, una de las mujeres cantaba y las otras dos bailaban, una joven y otra bastante entrada en años.
Al igual que en el otro espectáculo, vestimenta pobre, cabello despeinado, como si el descuido fuera parte del show.
Y fue exactamente lo mismo!!!! Los lamentos, las caras de malas, el enojo, los alaridos... con una sola diferencia: bailaban en el mismo piso que nosotros pisábamos, por lo que todo el tiempo los presentes escondíamos los pies, a riesgo de perder un dedo bajo los tacos de los zapatos.
En eso dije a las chicas: "con el dolor de pies que tengo, me llegan a pisar y cometo gitanicidio!!"
Nos tentamos y comenzamos a reirnos de tal manera que la gitana vieja nos lanzó una mirada de maleficio que me hizo erizar la piel!!
En un brevísimo intermedio un mozo recogió los pedidos de la consumición. No elegí nada alcohólico porque el lugar no me inspiraba confianza. Pedí una Coca Cola... caliente, y al terminarla no sabía dónde cazzo apoyar el vaso, ya que no había mesas y dejarla en el suelo hubiera significado un suicidio cantado.
Acto seguido se presentó otro gitano bailador. Lo teníamos tan cerca que tras diez minutos de taconeo, sacudía el pelo y nos salpicaba de transpiración.
Sí, francamente asqueroso. 
Y no tenía fin... era aún más largo que el espectáculo madrileño!!!
En algún momento me relajé y comencé a divertirme mirando las caras de los presentes.
Un pobre viejo de zapatillas escondía tanto los pies debajo de la silla que parecía tener los miembros amputados; otro miraba con incredulidad como pensando "¿esto es lo que pagué?"; una mujer ponía onda y trataba de fingir una sonrisa mientras el marido le tiraba dardos venenosos con la mirada; las japonesas ponían la misma cara de incógnita que si les estuvieran hablando en español. 
Me consoló pensar que estábamos unidos en la desgracia de tener que soportar el "espectáculo" hasta el final.
Y como todo llega, también llegó a su fin. Aplaudí más por librarme de esa tortura que por halagar el trabajo de los artistas.
Dos veces me enganchan, tres no. En Sevilla me negué a presenciar un nuevo show de este tipo. Y qué ironía... dicen que fue el mejor!!!!

martes, 7 de febrero de 2017

La tortura flamenca



Ante todo lo confieso: soy una persona que gusta de los bailes típicos de los distintos países, pero detesto el flamenco. No sabría explicar porqué. Si acaso es la falta de femineidad de la mujer, o lo monótono de las canciones, que a la larga me parecen todas el mismo lamento... pero no me gusta.
Y no es nada contra la música española, porque de hecho hay muchos bailes que me encantan y levantan el espíritu y elevan el corazón, lo que no me ocurre con el flamenco.
Cuando mi compañía de turismo ofreció como opcional la "noche flamenca" en un tablao madrileño dudé, porque si bien no era santo de mi devoción me dije a mí misma: "no podés ser tan prejuiciosa, dale al flamenco su oportunidad". Así que pagué con dolor los 60 euros y fui bajo la consigna "prefiero arrepentirme de lo que hice y no de lo que no hice".
Aún no había un grupo definido, así que todos los asistentes (recolectados en distintos hoteles) eran totales desconocidos, excepto una brasileña muy macanuda, a quien seguí a la hora de elegir mesa. Con tanta mala suerte que de las 10 personas que estaban sentados a la mesa, era la única argentina.
Entonces se pusieron a hablar todos juntos y a los gritos, como lo hacen siempre los brasileños, a una velocidad tal que me resultaba imposible pescar siquiera el hilo de la conversación.
Cuando tocaron el tema político en Brasil (gracias a la traducción que me proporcionó mi "conocida") y profundizaron en el tema, dejé que mi cabeza se relajara y me fui mentalmente muy lejos del lugar. No tenía sentido hacer tanto esfuerzo por comprender un tema en el que ni siquiera hablado en mi propio idioma hubiera podido opinar.
Entonces comencé a estudiar el lugar. Demasiado pequeño para la cantidad de gente que había. Unas mesas redondas en torno a un pequeño escenario bajo y un calor asfixiante, calefacción de aire acondicionado. Oscuridad absoluta, excepto por unos reflectores. Con tanta puntería que uno me daba justo en la cara, lo que me obligaba a permanecer agazapada todo el tiempo, para evitar encandilarme.
En una mesa próxima, un pobre preadolescente gordito iba obligado junto a sus padres. Llevaba auriculares puestos. Lo consideré como una falta de respeto  de los chicos y de los padres.
Al fin comenzaron a servir la cena... la cena más cara del mundo!!
Primer plato un surtido berreta de fiambres, con un plato de ensalada al medio como para que los 10 pellizquemos. Segundo plato a elección: carne o pescado.
No sé cómo habrá estado el pescado, pero la carne además de estar fría, era una costeleta tirada en la plancha (hasta yo me animo a hacerla mejor), un par de espárragos sin gusto a nada y alguna verdurita más perdida en el enorme plato vacío.
Todo rociado con vino tinto, pero sin consideración hacia quienes no nos gusta el vino. Ni gaseosa, ni cerveza, ni nada más. Al que no le gustaba el vino le quedaba por tomar agua.
El postre también escaso y sin gusto. Y ahí comenzó lo peor.
Se presentaron al escenario tres músicos y tres bailarines. El guitarrista era bueno, el otro un percusionista y un cantante, de esos que gritan como si les estuvieran apretando sus partes pudendas con una tenaza.
Los bailarines, una chica joven de vestido berreta y dos hombres con zapatos pelados.
Y ahí nomás empezó la tortura...
El primer tema estuvo bueno, pero el segundo era igual al primero, y así el tercero y el cuarto. Todo monocorde, por momentos agresivo, pero sin alternancia.
Y no entiendo la música, si es un lamento o si es reclamo y enojo, porque la chica tenía tal cara de mala que hasta miedo me dio que bajara del escenario y nos pegara!!
Para el tercer tema, chorreaban transpiración y pensé que habría un cambio de bailarines o al menos un cambio de ropa, pero no, fue sólo una ilusión.
Para entonces miraba al gordito de auriculares con mucha envidia. Se los hubiera quitado con gusto, para escuchar otra cosa.
Intenté entretenerme con el celular... buscando noticias en Facebook o navegando al menos por internet. No había wi fi.
En eso me toqué una oreja y noté que se me había caído un aro. A los 60 euros malgastados se agregaba la pérdida de un aro!!! Empecé a buscarlo en el piso con desesperación como si hubiera sido de oro y diamantes.
Mi compañera brasileña preguntó qué se me había perdido (eso creo, por lo que entendí) y también se agachó, iluminando con su celular. Evidentemente estaba tan embolada como yo.
No lo encontramos, y mi furia iba in crescendo.
Cuando la tortura se había hecho insostenible, de repente sonó en el salón "Bamboleiro" de los Gipsy Kings y me dije "al fin una que me gusta!!!" y alegremente saludaron y se acabó.
Eran las 11. El espectáculo había durado unos 45 minutos, siendo generosa.
Para mí fue una eternidad, pero en principio nos habían dicho que terminaba a medianoche. Así que sentí a la vez alivio y rabia por haberme dejado asaltar tan alegremente.
Se ve que el sentimiento era general, porque tuvieron que encender las luces y arengar a la gente a salir, ya que todos esperaban algo más.
Salí con una furia tal que ni siquiera sentía el frío.
¿El aro?... estaba entre mis pechos, sujeto al corpiño (al menos la pérdida no fue total)
Lo peor es que el hombre es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra... en Granada reincidiría... en una zambra gitana!!! Pero eso es tema de otro post.

jueves, 2 de febrero de 2017

De puntualidades y demoras


Cuando contraté mi viaje a España, Marruecos y Portugal me alegró conseguir vuelo desde Rosario con conexión a Madrid, y así evitar las seis largas horas de viaje hasta Ezeiza, con los consabidos temores de piquetes y demás condimentos que pudieran retrasar la llegada por tierra al aeropuerto internacional.
Mas después de escuchar ciertas historias de terror, comenzaron a asaltarme las dudas acerca de mi decisión de viajar por Aerolíneas Argentinas.
Así, me enteré de vuelos que sin explicación alguna habían sido cancelados horas antes del vuelo, obligando a los pobres viajeros a "volar" en remisse hasta Ezeiza; o bien la versión de que en cualquier momento cerrarían el aeropuerto rosarino por contar con una pista defectuosa.
Finalmente corrí esos pensamientos de mi pobre y atribulada cabeza y me puse en positivo.
Llegué a Fisherton con varias horas de anticipación y despaché el equipaje. El vuelo salía media hora antes!! Ni yo podía creerlo... hasta que estuve acomodada en mi amplio asientito de business (lujo que pagaré en dos largos años de cuotas con la tarjeta)
Entonces me pregunté: ¿por qué no pensar que todo puede salir bien? ¿por qué no pensar que podemos construir un país mejor? Un país donde los medios de transporte cumplan en tiempo y forma con lo pactado. ¿Por qué nos sigue asombrando en Argentina que algo salga perfecto? Tendríamos que dejar nuestra alma doliente tanguera y aprender a esperar que las cosas resulten según lo previsto, como en cualquier otro país "normal".
Bajé en Ezeiza con aires de suficiencia y estrenando un optimismo atípico en mí. El vuelo había sido perfecto y llegábamos en tiempo y forma.
Hice migraciones y todos los trámites necesarios, visité sin prisa el Free Shop, paseé tanto como pude y en lugar de irme a la sala VIP donde me alimentarían gratuitamente (errores de principiante), cené en uno de esos abusivos lugares VIP de Ezeiza, en los cuales un sandwich y un agua mineral podía llegar a los 300 pesos!!! (Azorada, una turista japonesa delante de mí preguntaba si había entendido bien o si realmente le querían cobrar 3 dólares por una cajita de 200 cc. de juguito Baggio!!)
Cuando al fin llegó el momento del embarque, feliz me instalé primera en la fila de Sky Priority, aprovechando las ventajas de estar en una clase superior.
Entonces comenzaron a pasar los minutos, y éstos se transformaron en una hora, hasta que por altavoces anunciaron que el vuelo estaba demorado porque se veían obligados a controlar unas válvulas antes de la partida.
¿¿¿Justo en ese momento tenían que hacer controles???
Sentí que estrepitosamente caía de la nube de idealismo en que había remontado unas horas antes.
Aerolíneas Argentinas seguía siendo Aerolíneas Argentinas y la puntualidad definitivamente no era uno de los fuertes de la empresa, ni de mi país.
No me senté para no perder mi privilegiado lugar y ahí quedé con el resto de los pasajeros, paraditos cual soldaditos de plomo esperando que se abrieran las puertas del túnel rumbo a la aeronave.
Hora y media más tarde (unos minutos después de la 1 de la mañana) comenzó el embarque.
Puse otra vez en ON mi optimismo y avancé hacia el avión.
Nos recibieron amablemente y recuperé mi fe en la industria argentina.
¡¡¡Los asientos de business eran la gloria!!! Después de haber viajado toda la vida como sardina en lata, éstos se presentaban como sillones acolchados y cómodos en los que podía verme durmiendo como oso todo el trayecto!!
Nos entregaron un neceser con distintos implementos para el viaje y tomé las medias de toalla. Me quité las zapatillas y envolví mis pies en estas medias suavecitas pensando ya en el noni que iba a hacer!! Y cuando ya me acomodaba para comenzar a vivir el más placentero de los viajes, la voz del capitán en los altavoces interrumpió mis bellos pensamientos con una "invitación" a descender de la aeronave con el equipaje de mano, debido a que tenían que continuar controlando las dichosas válvulas, lo que también incluiría el equipaje despachado... vaciarían la bodega!!!!!!!!!!!
Con toda la rabia del mundo volví a calzarme, bajé mi equipaje de mano y atravesé la manga echando espuma por la boca.
Ahí se me cayó toda la estantería... país bananero!! Nunca podremos estar a la altura de ningún otro país ni aerolínea, qué informales somos, nunca vamos a cambiar!!!!!!
Con furia me senté a esperar, mientras oía a unos pasajeros españoles decir que demoraban porque estaban reventando las válvulas que quedaban sanas. Me daba mucha bronca esa apreciación, pero no podía sino coincidir en que probablemente fuera verdad, siendo archiconocidos los problemas de mantenimiento de nuestros aviones.
Dos horas y media después, subíamos nuevamente a la máquina. Y en medio de una baranda a kerosene (desconozco por qué), partimos.
Como siempre digo, hay un mundo mejor pero es carísimo!! Apenas comencé a disfrutar las maravillas de la clase business se me olvidó el enojo, la espera y la tardanza... comí como un lechón, dormí como un lirón y llegué a destino con casi tres horas de retraso pero fresquita como lechuga y lista para la aventura!!!!!